Como si se tratara de Rayuela, novela que cumple
medio siglo de publicada este año, Buenos Aires puede ser leída
de manera azarosa. Perderse de modo voluntario entre sus calles
es la consigna para quien desee advertir en ella el rastro de
su narrativa.
Julio Cortázar sigue siendo un referente de la literatura
argentina contemporánea. Aunque él mismo contribuyó en la
formación de su imagen mítica, algunos de sus admiradores
–similares al Club de la Serpiente de la mismaRayuela–
han incentivado una especie de culto que los moviliza a
emprender un viaje a su obra a través de las ciudades en donde
vivió.
Su estampa ha estado muy vinculada a la vida parisina y por esa
razón el turista literario suele desestimar al Cortázar
porteño. Sin embargo, hay razones para pensar en la capital
argentina como el sitio en donde el escritor entra por primera
vez a lo fantástico y se inserta en un mundo de galerías,
pasajes, cruces entre esquinas y avenidas monumentales. Por eso
hay recorridos a partir de la lectura de sus primeros libros.
La Ruta Cortázar puede hacerse, así, en varias etapas y de
varias formas.
Páginas bonaerenses
Abriendo Buenos Aires al azar, uno puede situarse en medio de
la plaza Miserere, en Balvanera. Se le conoce también como
plaza Once por estar frente a la estación homónima del
Ferrocarril Sarmiento. Sitio de encuentro y de comercio desde
inicios del siglo XIX, confluyen allí las avenidas Pueyrredón y
Rivadavia. La plaza tiene en su centro el mausoleo de
Bernardino Rivadavia, obra del escultor Rodrigo Yrurtia,
representando la única tumba de un prócer argentino en un
contexto similar.
Se siente el eco del antiguo café en el que Delia Mañara, la
inquietante envenenadora de novios de “Circe”
(Bestiario), toma helado por las tardes veraniegas.
Posiblemente se trate de “La Perla”, en donde jóvenes
escritores como Jorge Luis Borges, en la década de 1920, se
reunían para escuchar hablar a Macedonio Fernández. En “La
escuela de noche” (Deshoras), Cortázar ubica allí a
Nito y a Toto tomando “un cinzano con bitter”, en
los años treinta, mientras planificaban una incursión nocturna
al recinto en el que estudiaban.
A pocas cuadras de plaza Miserere se encuentra la Escuela
Normal Mariano Acosta, sobre la calle General Urquiza 277. Allí
Cortázar se gradúa como profesor normal en Letras en 1935. El
gran edificio data de 1889 y está rodeado en la actualidad por
pensiones familiares. En esta obra del arquitecto italiano
Francesco Tamburini, artífice de la Casa Rosada y del Teatro
Colón, pueden verse las altísimas rejas por donde Toto huye
despavorido de su aventura juvenil.
Capítulo de café y arquitectura
Otra vez puede abrirse al azar el inmenso libro urbano y
encontrarse, a tan sólo diez cuadras, con el barrio de Almagro.
En la intersección de las avenidas Medrano y Castro Barros,
interrumpida por la avenida Rivadavia, se abre un abanico de
confiterías y cocheras. Para Mario, el otro protagonista de
“Circe”, este cruce era el puente que posibilitaba una vida
singular. Es fácil imaginarlo tomar la merienda en el café Las
Violetas, fundado en 1884. Provisto de
hermosos vitraux y un techo de doble altura
ricamente decorado provee a sus comensales de una de las
meriendas más alucinantes: el menú “María Cala Victoriano” que,
además de incluir porciones de tortas y servicio de té o
chocolate, ofrece una copa de champaña.
Al salir de Las Violetas y vía Almagro es posible toparse en la
estación Loria del Subte A, con Claudia y Medrano,
protagonistas de Los Premios, la primera novela
del escritor y antecedente de Rayuela. Para
Medrano el viaje de 10 minutos que la separan de la estación
Perú lo ayudan a refrescarse, mientras hojea con avidez el
diarioCrítica.
Antes, se puede desembarcar para visitar el Monumento de los
Dos Congresos. Esta obra del arquitecto paisajista Carlos Thays
conmemora el Centenario de la Independencia argentina en 1910.
El espectáculo visual que produce el conjunto, integrado por
las tres plazas –del Congreso, Lorea y Mariano Moreno– refleja
el proyecto urbano pensado para la capital del país que, por
aquellos años, parecía invencible.
Como un buque encallado en Callao con Rivadavia, restalla
contra el cielo la silueta de la torre de la Confitería El
Molino, obra del arquitecto Francisco Gianotti. En un banco
situado al frente Oliveira, de Rayuela, rumia sus
alucinaciones con la Maga. Se levanta y camina sin rumbo hasta
la avenida Corrientes al 1300, frente a la pizzería Los
Inmortales o tal vez Güerrín, luego continúa ensimismado y
Cortázar lo incita a cruzar hacia Libertad.
Apenas se dobla hacia esta calle de angostas veredas aparecen
los avisos de joyerías. La libertad dorada culmina al llegar al
cero en la nomenclatura y luego salta, como en la rayuela,
hacia la Avenida de Mayo. En esta intersección puede hallarse
al hombre sin cabeza de “Acefalía” (Historia de cronopios y
de famas) buscando recuperar alguno de los sentidos
perdidos, allí donde “proliferan las frituras originadas en los
restaurantes españoles”. Quizás el propio Cortázar haya
degustado la ensalada de pulpo y gambas o la paella del
Restaurante Hispano, abierto desde 1957.
Brinco de rayuela
Ya sobre Avenida de Mayo se abre la estación Lima del
subterráneo. En uno de los vagones La Brugeoise, descontinuados
hace dos meses, viaja Carlos López, el alter ego
de Cortázar en Los Premios. Al bajarse, entra al
bar London City para conversar con el doctor Restelli mientras
bebe una Quilmes Cristal. Cuando salga, cualquier lector podría
imaginarse un extraño cruce entre él y el hermano de Irene, de
“Casa Tomada” (Bestiario), que en la ventana de su
casa de Rodríguez Peña decidió recorrer las librerías cercanas
por si hay alguna novedad en literatura francesa.
Si se le ocurriera lo mismo que al protagonista de “El otro
cielo” (Todos los fuegos el fuego) pudiera buscar esos
libros en algún escaparate de la
parisina Galerie Vivienne, a la que se
entraba en la ficción por alguno de los dos accesos del Pasaje
Güemes. Diseñado también por Gianotti, su techo está coronado
por una cúpula redonda vidriada y cuenta, entre otros detalles,
con pilastras de mármol Boticcino en su corredor. La
ornamentación crea la sensación de ser esa “cueva del tesoro”
en la que convive una simultaneidad de tiempos.
Tal vez la belleza de este viaducto hacia otras realidades
induzca al turista a querer atravesarlo. Por tal motivo
Cortázar solía señalar que los pasajes eran su patria. Y esto
tan sólo puede entenderse si se camina por Agronomía, como
Clara en “Ómnibus” (Bestiario), saboreando el sol
“roto por islas de sombra” que producen los árboles enfilados,
entre Tinogasta y Zamudio, como columnas vegetales. En el
departamento 3°-7 de Artigas 3246, barrio de Rawson, residió el
autor entre 1934 y 1951 con su madre y su hermana Ofelia, tras
su infancia en Banfield.
Al visitar el barrio de su juventud se comprende lo fantástico
en su narrativa. Las manzanas están atravesadas por el capricho
de calles que dibujan una especie de rayuela. Estos pasadizos,
labrados también por jardines sinuosos, contienen salidas
inesperadas y retornos sorpresivos. El conjunto formado por el
edificio, la plazoleta y las casas contiguas, aluden de manera
directa a la periferia parisina. Puede afirmarse, entonces, que
la París de Cortázar expresada en el distrito en donde escogió
vivir hasta su muerte es, en verdad, la recreación del pequeño
oasis de Agronomía.
Para el lector cortazariano la ruta porteña de su narrativa
implica, ciertamente, una Vuelta al día en 80
mundos, en donde se recorren
otras Geografías. También puede significar
navegar hasta La otra orillao cruzar Las
puertas del cielo. Se viaja por el
sentimiento de no estar del todo en un mismo sitio, tal como lo
planteó en su obra y en su propia existencia el Cronopio Mayor.
“París es una enorme metáfora”
Julio Cortázar comienza a esbozar París en Las armas
secretas. En la rue de Richelieu, en
pleno barrio del Palais Royal, el protagonista de “Cartas a
mamá” recuerda el caserón familiar de Flores y el café de San
Martín y Corrientes. También en la ruta que, desde la capital
francesa hasta la comuna de Saint-Cloud, emprende en auto la
Madame Francinet de “Los buenos oficios”.
Cada año decenas de sus lectores viajan a la Ciudad Luz, entre
otros motivos, para sentirse un poco partícipes
de Rayuela. Su cartografía ha sido dibujada por
muchos de ellos. Hay una París-Rayuela conformada –entre otros
lugares– por el Pont Marie, desde donde Oliveira ve el amanecer
bajo la lluvia; o la librería de
la rue de Verneuil, donde La Maga
juega con un gato; o el Carrefour de l’Odéon, sitio en donde
Horacio come hamburguesas.
Es obligatorio el paseo por
la Galerie Vivienne, en el número 6 de la
calle homónima. Diseñada por François Jean Delannoy, se abrió
al público en 1826. En su entrada por
la rue des Petits-Champs hay
unas cariátides que sostienen un balcón, muy parecidas a las
del Pasaje Güemes. En el segmento de
la rue de la Banque, se encuentra
la Librairie Ancienne Moderne, una de las favoritas del
escritor.